ACEPTANDO LAS CONSECUENCIAS DE NUESTROS ACTOS
“Ningún
copo de nieve se siente responsable de la avalancha.”
Voltaire
La
historia ha demostrado una y otra vez lo importante que es reflejar
continuamente tus propias acciones. Los imperios del mal se levantaron y
cometieron sus crímenes horrendos porque miles o millones de individuos no
cuestionaron sus comportamientos. Uno podría participar en estas acciones sin
sentirse responsable por el resultado general. Sin embargo, la mayoría de estos
crímenes solo se pueden cometer cuando muchas personas participan sin
cuestionar las actividades del colectivo.
Los
seres humanos, algunos en ciertas etapas, otros en todas las etapas de
desarrollo de la personalidad, presentamos un patrón de comportamiento mediante
el cual tendemos a evadir y no asumir responsabilidad sobre las consecuencias
de nuestros actos, adjudicando dicha responsabilidad a otras personas.
Cuántas
veces hemos sido testigos de situaciones en las cuales un(a) estudiante,
independiente del nivel que curse, cuando las calificaciones son bajas o
reprueba, se justifica argumentando que el o la docente le tenía inquina o no
explicaba bien. En vez de reconocer que no había estudiado o no dedicó la
atención debida a la clase, recurre a la justificación y responsabilizar al o
la docente.
Cuando
una persona no tiene empleo, quizá busca y no encuentra, o cuando es despedida
de su trabajo, en ambos casos muy difícilmente acepta que ello se debe a que no
cumple los requerimientos del cargo que busca, o no llenaba las expectativas de
los empleadores. En estas circunstancias recurre a señalar a otras personas,
argumentando que gestionan para que no les den empleo o para que los despidan.
Los
ejemplos son innumerables, porque este patrón de comportamiento se manifiesta
independiente de raza, credo religioso, sexo, edad, capacidad económica,
preparación académica, etc., es decir, no tiene fronteras. Pareciera que tiene
raíces genéticas y es afinado en la vida cotidiana.
En
la vida las decisiones que se toman y las acciones que se ejecutan son
innumerables, y en muchas de ellas se rehúye asumir responsabilidad sobre las
consecuencias y se opta por achacar culpabilidades a terceras personas, muchas
veces por temor a señalamientos, represalias o castigos.
Culpabilizar
no permite enmendar errores, en el tanto, es un mecanismo mediante el cual las
personas se tapan los ojos para no ver y negarse a aceptar la autoría de los
desaciertos cometidos.
Cada
quien es responsable por su presente y su futuro. Hay que tener presente que
las actuaciones, correctas o incorrectas, no son más que una siembra, la cual,
a la corta o a la larga, dará fruto bueno o malo.
Aceptar
la responsabilidad de los errores, fracasos y principalmente las consecuencias,
prepara a la persona a entender el para qué de lo que ocurre en su vida, así
mismo, fortalece el carácter con humildad y crea condiciones para nuevos retos
y ser asertivo(a) en lo que se emprende.
Si
se pidiera que levanten la mano quienes han presentado ese patrón de
comportamiento, posiblemente la gran mayoría las levantaríamos. Por lo tanto,
dispongámonos al cambio y erradicarlo de nuestro comportamiento. Pidámosle a
Jesús valor para aceptar lo que hemos practicado y para cambiar, sustituyéndolo
por uno nuevo que nos edifique para asumir las consecuencias de nuestros actos
y entonces ser mejor persona.


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